jueves, 29 de agosto de 2013

Historias de NYC: the human punching bag

Ahora que vivo a la vera de Nueva York, creo que puede estar bien rescatar un viejo artículo que escribí hace varios años y nunca fue publicado en medio alguno más allá de mi blog personal de entonces. Se trata de una historia de emigración y golpes situada en el Nueva York de principios del siglo XX. Aquel Nueva York que se imaginaba como la puerta de entrada a la tierra de los sueños y las oportunidades para millones de emigrantes, la llave a un lugar donde sus miserias quedarían atrás. Pero en realidad eran muy pocos los que conseguían alcanzar sus metas. Esta no es la historia de uno ellos.

The Human Punching Bag: fracaso, supervivencia y huesos rotos

La nobleza del boxeo se encuentra en el limbo de los calcetines desparejados y las promesas de fidelidad. Concretamente en la sección de hipocresía global. Nada hay más innoble y bastardo que zurrarse por unos pavos. Por eso me gusta el pugilato: hace aflorar el instinto de supervivencia como ningún otro deporte. Sangre, sudor y odio a doce asaltos, el que mejor sepa gestionarlos sobrevive. Pero sobre todo, el boxeo es el fracaso hecho deporte. Una gran hermandad de hombres desesperados por alcanzar la ruina vital.

Joe Grim, en una de las pocas
fotografías que se conservan de él.
El 14 de marzo de 1881 nacía en Avellino (Sur de Italia) Saverio Giannone, un niño de cabello demasiado claro que contrastaba con los rostros cetrinos de la zona. Los padres de Saverio, como tantos otros italianos de la época, no gozaban de una vida fácil y tomaron la decisión de emigrar a la tierra prometida. Pocos años después del nacimiento de Saverio, la familia Giannone arribaba al puerto de Nueva York junto con unas cuantas maletas remendadas y grandes esperanzas de prosperidad.

Al cabo de unos años, y por motivos desconocidos, un joven Saverio tomó la decisión que le cambiaría la vida. No sabemos muy bien cómo ni por qué -probablemente conoció a algunos chicos en las calles de Little Italy que le animaron a hacerlo-, pero Saverio resolvió que sería boxeador. Despojándose de su nombre italiano y rebautizándose como “Joe Grim”, subió al ring el 15 de septiembre de 1900. Tenía 19 años y aquel día empezó a forjarse la leyenda de The Human Punching Bag.

Trece años y 134 combates después, un castigado Joe Grim colgaba los guantes con un récord espectacular: 10 victorias y 124 derrotas.

Como comentó tiempo después el mítico cronista de boxeo Nat Fleischer “Grim no sabía boxear, pero poseía un gran coraje. De hecho, era demasiado valiente para su propia integridad. Además era lento de pies y aún más lento pensando; y a pesar de no tener ninguna de las cualidades que necesita un boxeador decente, siempre era un buen reclamo para una velada por su inhumana capacidad de aguante y su coraje. Su habilidad para soportar cualquier castigo era incomparable”. Pero lo más impresionante es que de las 124 derrotas que Grim cosechó, tan sólo 5 fueron por KO. Tal vez fue su valor suicida, tal vez alguna tara congénita reforzada a base de golpes, pero lo cierto es que Grim era prácticamente innoqueable. Los apodos, por supuesto, no tardaron en llegar: The Iron Man, The indestructible man of pugilism, The human punching bag, etc.

Robert E. Howard, el famoso escritor pulp creador de Conan el Bárbaro y gran aficionado al boxeo, presenció varias de sus peleas y afirmó que “Grim no era un boxeador en el más estricto sentido de la palabra, era más bien como una alfombra: hasta un ciego podía sacudirle”. Tras cada combate que Grim acababa con éxito (léase vivo o en pie) su fama y notoriedad se acrecentaban. Recibió severas tundas y castigos de todos sus rivales, incluyendo a los más notables púgiles y los más potentes pegadores de la época como Jack O’brien, Joe Walcott o Dave Holly. Sin embargo, siempre se le veía abandonar el ring por su propio pie gritando algo así como “soy Joe Grim y nadie puede noquearme”.


La creencia de que Grim era innoqueable se propagó rápidamente por el mundillo pugilístico y sus veladas se convirtieron en un gran éxito, con un público ávido de ver por fin quién sería el primer hombre capaz de mandar a la lona a Grim. Y es que estamos hablando de combates de principios del siglo XX, algunos de hasta 20 asaltos y con guantes de muy pocas onzas, lo que se traduce en muy poca protección y muchos dedos rotos.

Salto a la fama

Mayo de 1905. Grim ya llevaba 5 años boxeando, había perdido todos sus combates -excepto uno- y continuaba sin ser noqueado, pero su fama se había consolidado en la ciudad. Justo por aquel entonces, el que sería futuro campeón de los pesados, Jack Johnson, buscaba su oportunidad para pelear por el título mundial, pero en marzo había perdido a los puntos un combate de 20 asaltos. Johnson quería una pelea que pudiese minimizar esta derrota y, cómo no, su manager pensó en Joe Grim: noquearle le daría fama a Johnson y lo volvería a poner en órbita para pelear por el título. Aunque Johnson pesaba 210 libras (98 kilos) y Grim tan sólo 165 (76 kilos) –por aquel entonces las comisiones deportivas eran un poco más flexibles-, muchos aficionados dudaban de la capacidad del futuro campeón para lograr lo que nadie hasta entonces. Sin embargo, Johnson confiaba en su potente pegada.

El combate se celebró el 24 de julio en Philadelphia, con una asistencia realmente asombrosa para la época: 3.000 personas pagaron por ver el evento en directo. Durante los tres primeros asaltos Grim fue vapuleado por todo el ring. Cada pocos minutos los golpes de Johnson derrumbaban a Grim y la multitud rugía “¡Levántate Joe!” y Joe se levantaba con una amplia sonrisa en su rostro ensangrentado. Johnson no daba crédito y volvía a cebarse con Grim, hasta que en el cuarto asalto lanzó un brutal directo que volvió a derribar a Grim mientras un ruido de huesos pulverizados recorría las primeras filas.

Grim, boca abajo, con las manos y las rodillas apoyadas en la lona, no parecía reaccionar. Pero cuando el árbitro estaba a punto de finalizar la cuenta de diez, Joe se levantó como un resorte. Su cara seguía dibujando la misma estúpida sonrisa. El público se volvió loco y rugió de placer.

En los siguientes asaltos Grim fue derribado tres veces más, y tres veces más se sobrepuso. Finalmente, durante el descanso anterior al sexto y último asalto, en su esquina, un asombrado Jack Johnson se dio cuenta: "ése tipo no es humano". Johnson, evidentemente, ganó a los puntos, pero la fama de Grim se disparó hasta límites insospechados.

Aún tendrían que pasar ocho años y unas cien peleas más para que The Human Punching Bag se retirara. Joe Grim fue un monstruo de la naturaleza (como la mujer barbuda o el hombre con dos cabezas) en un momento en el que los freak shows eran un espectáculo de masas.

Tras numerosos combates y movidos por el morbo, unos médicos examinaron a Grim y declararon que su cráneo era de extraordinario grosor, tal vez el doble que el de un hombre normal. Su rostro, sin embargo, mostraba los efectos de los golpes: se rompió la nariz tantas veces que no era más que un trozo informe tejido y sus orejas se habían convertido en coliflores de cartílago. Joe Grim falleció el 1 de enero de 1939, con 57 años y una estúpida sonrisa en el rostro.

No sé si hay nobleza en la historia de Joe Grim. Fracasó como púgil en todos los aspectos, pero no defraudaba cada vez que sonaba la campana.

lunes, 26 de agosto de 2013

Williamsburg no es de segunda mano

Por primera vez en mi vida, la semana pasada compré una camisa en una tienda de ropa de segunda mano. ¿Qué me está pasando? Tal vez el tipo que la estrenó era una mala persona. A lo mejor se dedicaba a la trata de blancas. O tal vez era miembro de la Iglesia de la Cienciología. O aún peor, quizás fuese un votante republicano y espectador de Fox News. ¿Quién sabe? La cuestión es que ahora esa camisa es mía, yo la voy a vestir. ¿Se me pegará algo de él? Me costó 14 dólares. Fue durante mi primera visita a Williamsburg, Brooklyn; la Meca del Hipster.

Bienvenidos a la Hipsteria Colectiva

Al asomar la cabeza por la boca del metro de Bedford Street, Manhattan se convierte en el telón de fondo de un teatrillo de imposturas contenido entre las calles de Greenpoint, Bedford-Stuyvesant, Bushwick y el río Hudson. El barrio de Williamsburg es el paraíso terrenal para los jóvenes hipsters, que lo recorren con actitud indiferente y pose desganada, pero gritando en silencio “look at me”. Quieren que les mires, supongo que han dedicado mucho tiempo uniformándose antes de salir de casa. Yo al menos no veo otro motivo para combinar unos veraniegos pantalones cortos con un jersey de lana virgen en pleno agosto neoyorquino.


View Larger Map

Si alguien duda de lo que digo o cree que estoy exagerando, os daré una prueba irrefutable: Williamsburg es el lugar elegido por la biblia de la modernidad Vice para ubicar su redacción en Nueva York. ¿Que por qué no eligieron Manhattan? ¡Ja! Ese islote de cemento y cristal sólo sirve para alimentar a tiburones encorbatados y turistas fluorescentes cuya creatividad se limita a contar dinero o aplaudir en el musical del Rey León. No es un buen lugar para explotar todo el talento que los auténticos hipsters llevan dentro.

Cuartel general de Vice en Williamsburg


Busca un apartamento y explota tu creatividad

Porque la libertad creativa tiene un precio. Un mini apartamento de apenas cuarenta metros cuadrados en pleno meollo no baja de los 2.500 dólares al mes, o sea, que es preciso tener una creatividad muy cara para vivir en Williamsburg. Pero malpensado como soy, aventuro que muchos de los muchachos que recorren Bedford Street de un lado a otro cuentan con el cariñoso apoyo económico de sus familias, que creen a pies juntillas que Brad será el próximo gran diseñador gráfico, Ethan el futuro escritor de culto o Isabella la nueva it girl de moda en NYC.

Bajo la superficie

Pero digan lo que digan, las primeras impresiones nunca deben ser las que cuentan. Una sola visita a este barrio no es suficiente para sentar cátedra. Porque las pocas horas que he deambulado por las calles de Williamsburg también me han servido para notar el aroma de la autenticidad bajo tantas capas impostura. He aquí cuatro rincones que creo que merecen la pena:

-Brooklyn Brewery. Se trata de una pequeña fábrica de cerveza fundada en 1987 por Steve Hindy y Tom Potter. A lo largo de todos estos años sus cervezas artesanales han ido ganando un merecido prestigio internacional. Los fines de semana organizan visitas guiadas de la fábrica, aunque también se puede acudir simplemente para tomar cerveza en la zona que tienen acondicionada como bar en la entrada.

-Beacon’s Closet. Justo enfrente de la fábrica de cerveza nos topamos con esta gran tienda de ropa de segunda mano (ahí compré la camisa), un auténtico edén para compradores compulsivos que pretenden estar a la última. A pesar de la gran densidad de modernitos con los que hay que lidiar, merece la pena echarle un vistazo o dos. La ropa está en perfectas condiciones y se pueden encontrar auténticas gangas.

-Rosarito Fish Shack. Este restaurante mexicano especializado en productos del mar ofrece una gran variedad de ceviches, ostras, calamares, tacos de pescado y otras muchas especialidades latinas en un entorno muy agradable. También cuenta con una más que aceptable carta alcohólica y sus precios están bien ajustados.

-Teddy’s. El bar más antiguo de Williamsburg (fue fundado en 1889) sigue acogiendo a tipos con largas barbas, gorros de lana y pantalones desgastados. La única diferencia es que a principios del siglo XX éstos eran trabajadores que pasaban frío y un poco de hambre y hoy en día son diseñadores gráficos con cierta hipsteria. A pesar de todo, Teddy’s ofrece lo de siempre: una gran barra donde beber cerveza y buena música en directo. También sirven comida e incluso tienen una carta de “brunch”, aunque supongo que es por eso de adaptarse a los tiempos.

Luego está la vida nocturna, los conciertos, las exposiciones y la energía desbordante de los que realmente tienen ideas. Todavía no he vivido nada de eso. Esta primera visita sólo ha sido una presentación, he mantenido un small talk con Williamsburg y aunque al principio me pareció pretencioso, lo cierto es que es interesante.

Volveré a Williamsburg muchas veces, me dejaré seducir un poco -sólo un poco- por su impostada modernidad y no dejaré de buscar algunos rincones más ajenos a las tendencias. Quizá hasta acabe comprándome unos zapatos de segunda mano.

Es broma. Unos zapatos no. Por ahí no paso.

Os seguiré informando.

PD: Pido disculpas por el uso y abuso indiscriminado de la palabra "hipster".

jueves, 22 de agosto de 2013

Instagram, philly steaks y vajazzling

Desde la popularización de las cámaras para aficionados allá por las primeras décadas del siglo XX, las malas fotos turísticas siempre han estado ahí, ocupando un cajón en la cómoda del salón, dispuestas a aburrir a las visitas inesperadas.

Muchos años después llegaron las cámaras digitales, que supusieron un nueva etapa en este sector: abrían una época en la que hasta el más negado podía disparar cientos y cientos de fotos sin preocuparse de nada más. Al menos, con las analógicas y sus carretes limitados los turistas accidentales tenían (teníamos) que ser calculadores, pensar bien qué foto tomar, buscar un cierto encuadre y mostrar un interés básico en la técnica fotográfica; pero la llegada de las digitales y sus gigantescas tarjetas de memorias abrieron la veda de las fotos absurdas, el disparo indiscriminado y la vergüenza ajena.

Sin embargo, todavía no estaba todo dicho en el mundo del fotógrafo ocasional y cansino. Faltaba la guinda final, el chisme definitivo. Y así se produjo el advenimiento de Instagram. Para todos aquellos de gatillo fácil con las digitales se abrió un horizonte de posibilidades en forma de filtros para disimular su impericia fotográfica y hacerles creer que son algo que nunca serán: buenos fotógrafos. ¡Y es que ni siquiera hace falta tener cámara, basta con el teléfono móvil!

Yo confieso

Debo admitir que soy uno de ellos. Tengo una cuenta de Instagram y la uso con fruición, me resulta divertido y me permite compartir imágenes con los amigos que están lejos. Suelo utilizar mucho más esta perversa aplicación durante los viajes o cuando hago algo que se sale de lo común. De momento, vivir en los Estados Unidos es algo fuera de lo común para mí, así que mi Instagram echa humo últimamente.

Una de las cosas más idiotas de Instagram es la interacción entre los usuarios. Los “megusta”, las etiquetas para atraer la atención, los comentarios estúpidos, etcétera. Tal y como yo lo veo, hay tres tipos de usuarios: aquellos que ponen decenas de etiquetas (hashtags, para los anglos) para llamar la atención sobre sus capturas y así conseguir muchos seguidores, en el extremo opuesto están los despistados que ni siquiera saben lo que es una etiqueta y suben sus fotos totalmente descontextualizadas y por último nos encontramos con el usuario que se limita a poner dos o tres hashtags que sirvan para describir y ubicar la foto.

Philly steak

Como podréis suponer, últimamente he subido a mi cuenta unas cuantas fotos con las etiquetas #Hoboken y #NYC. La primera de ellas ha atraído la atención de pocos usuarios, pero uno de ellos se ha hecho notar especialmente. Su nombre es @Midtownphillysteaks y parece ser que adora mis capturas. Pero no. En realidad no es más que un restaurante de reciente apertura en Hoboken que trata de darse a conocer por todas las vías posibles, e Instagram es una de ellas. Cada vez que se sube una foto con la etiqueta #Hoboken, aparece Midtownphillysteaks para decir lo mucho que le gusta.

Y gracias a su bombardeo de "megusta" en Instagram logró que me preguntara qué demonios es un “Philly steak". Según la wikipedia, “el cheesesteak es una especie de sandwich conocido fuera de las regiones de Filadelfia, Pensilvania como Philadelphia cheesesteak, Philly cheesesteak, o incluso steak and cheese. Este sandwich lleva en su interior pequeñas tiras de carne y una pequeña cantidad de queso fundido”. ¿Apetecible? Tal vez, pero creo que cada bocadillo de estos contiene un trillón de calorías.

Ya vemos que Instagram puede ser una herramienta barata y más o menos efectiva para promocionar un negocio local, pero también sirve para que neoyorquinos con ansias de fama se hagan autobombo. Los de esta calaña son atraídos por la etiqueta #NYC.

Vajazzling

Entre todas las capturas que hice de Nueva York, hubo una que atrajo bastantes “megusta” de desconocidos, pero me llamó especialmente la atención un usuario llamado @Brycegruber. En su perfil se autodefine como “Editor of theluxuryspot.com, NYC mom, tv personality, & iPhone 5 life-capturer. Addicted to veggies and babies”. Ahí es nada, la tal Bryce le da a todos los palos.

No lo pude evitar: al leer “tv personality” me picó la curiosidad y tuve que hacer una búsqueda de esta muchacha en Youtube, lo que me llevó a descubrir una nueva tendencia en lo que se refiere al mundillo de la belleza y los cuidados femeninos -Bueno, creo que en NYC ya lleva un par de años realizándose, pero para mí ha supuesto todo un hallazgo y espero que para vosotros también lo sea-.

Amigos, os presento el Vajazzling. Echadle un vistazo al vídeo para saber exactamente en qué consiste esta técnica de belleza.



Efectivamente, ha sustituido su vello púbico por cristales de Swarovski. Debe de ser muy cómodo. Estoy pensando en lanzar la versión masculina de esto, pero sólo para el saco escrotal. ¿Creéis que triunfaría en la Gran Manzana?

lunes, 19 de agosto de 2013

Buscar trabajo en Estados Unidos

La mayoría de los que os dejáis caer por este blog ya me conocéis. Para los que no, os resumo mi formación académica y mi experiencia laboral: soy licenciado en Periodismo, tengo un Máster de Profesorado de Lengua y Literatura española (antiguo CAP) y un rimbombante Posgrado en Comunicación Digital. A nivel laboral, siempre he estado vinculado al mundo de los medios de comunicación y a la comunicación corporativa. Vamos, que he orbitado entre lo interesante y la cancamusa a partes iguales.

Con estas credenciales aterrizo en Nueva York. No son impresionantes, pero son mías. Afortunadamente tengo un tipo de visado que me permite obtener el permiso de trabajo en un “breve” período de tres meses, y en este país esto significa un mundo.

El siguiente paso, sin embargo, no parece tan fácil. Encontrar trabajo -un buen trabajo- en Nueva York se me antoja una tarea titánica. La ciudad impone. Aunque mi nivel de inglés es decente para manejarme con cierta soltura en este país, es decir, para mantener conversaciones desenfadadas, conseguir un electricista o gastar alguna broma sin mucha gracia; estoy a años luz de dominar el idioma lo suficiente como para trabajar de periodista.

Y es que considero que para ejercer mi profesión de una forma solvente es imprescindible tener un dominio muy avanzado del idioma en el que se trabaje. Y cuando digo avanzado, quiero decir nativo. Ocurre que mi lengua materna no es el inglés, sino el español y es ahí donde creo que debo jugar mis bazas.

Latino World

Recapitulando. Hoy por hoy (y probablemente durante años venideros) sería atrevido, ingenuo y absurdo por mi parte pretender trabajar en algún medio o compañía anglófona. Al contrario, debo explotar mis modestas ventajas. Y justo ahí es donde entra el (redoble de tambor) ¡mercado hispanohablante de los Estados Unidos!

Sí, amigos, es tal la cantidad de latinos que llegan a este país que a los gringos no les queda otra que asimilar el español como una lengua importante que cada vez gana más terreno. En bares, restaurantes, en la oficina de la seguridad social, en la Motor Comision Vehicle, etc. se habla español e incluso se puede exigir ser atendido por alguien que practica el terrorismo con la bella lengua cervantina.

Aunque aquellos que tienen el español como su lengua materna son mayoritariamente trabajadores no cualificados, son tantos y es tal su empuje y efervescencia en los Estados Unidos que en cuestión de pocos años el español tendrá ya una posición bien afianzada y de pleno derecho en la vida norteamericana. Actualmente es ya la segunda lengua más hablada del país y la segunda más estudiada.



Y claro, esto se refleja en la aparición de medios de comunicación y empresas enfocadas a este mercado emergente. Por ahí es por donde un servidor va a buscarse las habichuelas, aunque no será fácil.

Los principales obstáculos a los que me enfrento son más culturales que idiomáticos. En primer lugar yo no soy “latino”, en segundo lugar no tengo aspecto de “latino” y por último no comparto muchas referencias y gustos culturales con la comunidad hispana. Pero bueno, como decían por ahí: “cosas veredes, amigo Sancho”. Saldremos adelante y si hay que aprender a bailar salsa, se aprende.

Otra opción para mí es la de la enseñanza del español, pero es un sector que aunque me motiva, sólo he tocado tangencialmente y no tengo muy claro cómo funciona por estos lares.

También existe la posibilidad de realizar el sueño americano y forrarme. Dicen que lo más difícil es ganar el primer millón de pavos y luego todo viene rodado.

Ya tengo un listado de medios, asociaciones y compañías a las que llamar a la puerta en cuanto me llegue el permiso de trabajo. Deseadme suerte.

viernes, 16 de agosto de 2013

Hoboken y primeras impresiones

Tras dos meses extra esperando a que me dieran el visado (por lo visto hay un tipo con mi mismo nombre perseguido por el gobierno norteamericano), por fin, el pasado 5 de agosto pude tomar un vuelo en dirección a los Estados Unidos; el país donde previsiblemente pasaré los próximos cinco años de mi vida. Como mínimo.


Dónde

Hoboken, en el estado de New Jersey, es donde voy a vivir. De hecho ya llevo aquí varios días. Probablemente a la mayoría de vosotros no os suene de nada esta pequeña ciudad de unos cincuenta mil habitantes. A mí tampoco. Antes de venir a los EE.UU. Hoboken sólo era para mí un nombre extrañamente familiar, hundido en la memoria cinematográfica, probablemente escuchado en algún diálogo de alguna película de hace muchos años. No sé. Simplemente me resultaba familiar. Sabía que existía, nada más.

Pero vaya, que este pueblo es bastante más conocido de lo que yo pensaba. Resulta que es el lugar de nacimiento de Frank Sinatra, del grupo noise Yo La Tengo y de aquel tenista chinoamericano que ganó el Roland Garrós en 1989. Michael Chang es su nombre.

 O sea, ¡Sinatra y Yo La Tengo! Joder, no está nada mal.

Una de las mejores cosas que tiene Hoboken es su ubicación. A pesar de pertenecer al estado de Nueva Jersey, está justo enfrente de Nueva York, concretamente a unos novecientos metros de Manhattan. El único problema es que ese kilómetro escaso está lleno de agua contaminada y barcos de todo tipo. El río Hudson lo llaman.

Aquí os dejo un mapa en el que podéis apreciar mejor la ubiación de Hoboken.


Ver mapa más grande

Afortunadamente el pueblo está muy bien comunicado con la gran manzana. Se puede llegar allí en pocos minutos en ferry, en metro o en autobús. El ferry tarda apenas 5 minutos en dejarte en Manhattan, el metro (la línea que comunica Nueva York con Nueva Jersey es conocida como PATH) se demora entre 10 y 20 minutos en función de la parada a la que te dirijas y el trayecto en autobús suele tomar unos 25 o 40 minutos dependiendo del tráfico.

Y claro, cuanto más rápido es el transporte, más caro resulta. El viaje sencillo de ferry vale 9 dólares, el de PATH 2,5 dólares y el de autobús 2 pavos. De los taxis ya hablaremos otro día.

Cuánto

No os dejéis engañar por ese amigo vuestro que se fue una semana de turismo a Nueva York (a partir de ahora NYC) y volvió con tres pares de Levi’s, cinco camisetas y unas Nike Air Jordan, henchido de cosmopolitismo acartonado y diciendo que NYC “no es tan caro y que la ropa está tirada de precio”. Es todo mentira. NYC es una ciudad cara. Una de las más caras del mundo, de hecho. Y por efecto gravitacional, todo lo que le rodea también es insultantemente caro. Como Hoboken.

Pero si a la cercanía con Manhattan le añadimos las siguientes variables:

-Es una pequeña ciudad extremadamente segura para los estándares norteamericanos (y la seguridad es un intangible carísimo en EE.UU.)
-Tiene una universidad situada entre las 100 mejores del país (concretamente es la 75ª)
-Es un destino preferente de jóvenes parejas de clase alta con hijos pequeños que no quieren vivir en NYC, pero quieren tenerla “ahí al lado”, ejecutivos de Manhattan, brokers solteros con ansias de petarlo en NYC a lo Patrick Bateman y demás elementos de ralea similar con sueldos que no bajan de las seis cifras.

El resultado es que este pueblo es la zona más cara de los alrededores después de Manhattan. Y eso es decir mucho.

Para que os hagáis una idea, un alquiler muy, muy barato por aquí no baja de los 1.700 dólares al mes y los ingresos medios de una familia en Hoboken duplican la media del país.

Quiénes

Ya os váis haciendo una idea de qué clase de gente vive en Hoboken ¿no? Efectivamente, aquí son muy pijos. Pero mucho. Y muy perfectos. ¿He dicho que son pijos? En los pocos días que llevo aquí me ha invadido una extraña sensación respecto a los hobokeños. No es nada desagradable, pero como dicen por aquí, hay algo creepy en ellos. Trataré de explicarme mejor: ¿Habéis visto La Invasión de los Ultracuerpos? ¿Y Las Mujeres Perfectas?

La gente de aquí es, por lo general, amable, guapa y simpática. Y esto es lo que me hace levantar un poco la ceja. Son todos uniformemente perfectos: tiene el mismo estilo de vestir, todos practican jogging, todos tienen perro y/o recién nacidos, nadie fuma, todos van al gimnasio... no sé si me entendéis. Todo es demasiado ideal. No he visto ni un sólo mojón de perro en la calle. ¡Y aquí todo dios tiene perro! No estoy acostumbrado a tanto y tan extremo civismo, supongo que necesito tiempo.

Un ejemplo ilustrativo: en Hoboken proliferan de forma escandalosa las madres primerizas con mellizos. ¿Por qué? Exacto, fecundación asistida. Pero no penséis que se trata de mujeres en los treintaylargos o casi en la cuarentena, no. Son chicas de entre ventilargos y treintaypocos años, sin aparentes problemas de fertilidad. ¿Y entonces por qué usan la fecundación in vitro? Fácil. Muchas de estas jóvenes quieren tener dos hijos, pero quieren tenerlos A LA VEZ y mediante la fecundación asistida se aseguran muchas más posibilidades de tener dos churumbeles de una tacada. Demencial. O tal vez pragmático, qué sé yo.

Y esto es todo por hoy. En próximas entregas hablaremos de burocracia norteamericana, del apartamento donde vivo con Yolanda, de la comunidad latina, de cómo buscar trabajo en NYC y de lo que (se) me vaya ocurriendo, que será bastante y suficiente. O no. Ya veremos.

Por cierto, ¿os he dicho que desde aquí tenemos vistas a Nueva York?